16 oct. 2011

los ojos de las 19:35

Tenía los ojos jodidamente verdes. 
Lo encontré en la cola del bus de las 19:35 intentando acostumbrarse a Moncloa, como yo. Primero nos miramos de reojo. Después, a través de la gente. Nunca nos llegamos a dirigir la palabra pero me esforcé por conocerle, midiendo el espesor de su barba, los rotos de su chaqueta, las heridas de sus manos. Era lo mejor del día, coger el autobús de las 19:35 para poder descifrar su vida. 
Imaginé que venía de fotografiar Madrid desde altas azoteas, que se llamaba Jean-Pierre, que era fumador y mudo, y sólo hablaba con los ojos. Imaginé que malvivía como artista en un piso caótico, con libros por el suelo y una gata vieja dormitando en un cojín mugriento. Mis tanteos nunca fueron comprobados porque Jean-Pierre no me hablaba, aunque me miraba tanto que a veces hasta se giraba en el asiento para clavar sus ojos verdes en los míos durante largos minutos en el autobús. Creo que él también se entretenía intentando averiguar mi carácter. Decirnos la verdad sería el fin de nuestro juego.             
El canalla de Jean-Pierre, embellecedor de mi rutina, un día desapareció. Seguro que es porque encontró un buen trabajo en París y sus fotografías de azoteas ahora se venden tan bien que le ha podido comprar a su gata una camita mullida. 
Pero Moncloa sigue jugando conmigo. Los ojos de Jean-Pierre no se han ido. 
Esos ojos jodidamente verdes... incapaces de ser olvidados, pero esta vez un nuevo hombre posee sus cuencas. Infiltrado en la masa, en constante mutismo, observando, espera de mí que reinvente su vida. 
Los ojos de las 19:35 ahora pertenecen a Billy, quien sale a correr con su perro por las mañanas. Se tatuó el brazo en el servicio militar, su grupo favorito es Disturbed...

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